
Habrá traición del servicio: no se
equivocaba el que decía que siempre es el mayordomo.
O tal vez será el corazón amigo,
después de tantas cosas como han pasado juntos, el que le dejará en
la estacada en un momento repentino de necesidad.
O no, una conspiración, un fallo
multisistémico: “¿Tú también, Bruto (Riñón)?”.
Cualquiera, puede ser cualquiera.
Y mira a cada uno de sus allegados con
desconfianza inevitable, con miedo (cerval, pánico... natural, como lo son los ciervos y el dios Pan).
Llegaron, tarde, aquellos estúpidos
policías de la salud, los médicos. Ese oficial, endiosado, dándose
aires de profesional con su libreta, pero luego en las entrevistas no
atina a descubrir al culpable. No sabe hacer las preguntas correctas.
El asesino está ahí, ante sus propias narices, y no es capaz de
reconocerlo. Necesitaríamos un Holmes y tenemos un Lestrade de la
Seguridad Social. Esto le supera, carece de la sutileza necesaria
para discernir dónde se encuentra la verdadera amenaza.

No hay que olvidarse de que el móvil
del crímen no es siempre tan evidente.
El hipocondríaco lee con ansia y
curiosidad sin límites el cuento de su final. Dicen que está
paranoico pero es que no saben que realmente es seguido de cerca: la
dama oscura de la guadaña, embozada, esperando su momento.
POSDATA... Si supiera dónde, esta reflexión chorra-metafísica iría a algún concurso, por ver si da réditos. Como no, queda aquí como otro post que no sirve pá ná y que nadie lee, de rafarrojas.
Por cierto, que buscando la foto de Woody, mi hipocondríaco favorito, dí con este artículo: http://www.elmundo.es/salud/2015/02/06/54c237aa268e3ed52a8b457e.html