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3 de marzo de 2015

El Hipocondríaco, por rafarrojas

El HIPOCONDRÍACO es alguien aficionado a un tipo concreto de novela de crímenes. La suya, el suyo. Desearía poder ir a la última página para poder ver quién lo mató: ¿Será el señor Alquitrán en el Pulmón con la Asfixia?, ¿será la señorita Sangre en el Cerebro con un Derrame?. ¿o será el Capitán Digestión en el Intestino con un Cáncer?... Las pistas están todas ahí, al alcance de sus sentidos pero al mismo tiempo ocultas a plena luz del día, disfrazadas de normalidad. “Es sólo otro catarro más”, “parece que tengo una indigestión”, “¡qué mareo más tonto he tenido... ¡será que me he levantado demasiado deprisa!”.
Habrá traición del servicio: no se equivocaba el que decía que siempre es el mayordomo.
O tal vez será el corazón amigo, después de tantas cosas como han pasado juntos, el que le dejará en la estacada en un momento repentino de necesidad.
O no, una conspiración, un fallo multisistémico: “¿Tú también, Bruto (Riñón)?”.
Cualquiera, puede ser cualquiera.
Y mira a cada uno de sus allegados con desconfianza inevitable, con miedo (cerval, pánico... natural, como lo son los ciervos y el dios Pan).
Llegaron, tarde, aquellos estúpidos policías de la salud, los médicos. Ese oficial, endiosado, dándose aires de profesional con su libreta, pero luego en las entrevistas no atina a descubrir al culpable. No sabe hacer las preguntas correctas. El asesino está ahí, ante sus propias narices, y no es capaz de reconocerlo. Necesitaríamos un Holmes y tenemos un Lestrade de la Seguridad Social. Esto le supera, carece de la sutileza necesaria para discernir dónde se encuentra la verdadera amenaza.
Y las precauciones que toma, ¡ja!: “quitémosle el tabaco, el azúcar, la carne roja”... Tal vez funcionarían si en aquella ocasión se tratara de un vulgar robo de la vida. Pero no... Hay insidiosas fuerzas, alevosos actores en marcha, que vierten veneno secreto, clavan el puñal de pronto por la espalda.
No hay que olvidarse de que el móvil del crímen no es siempre tan evidente.
El hipocondríaco lee con ansia y curiosidad sin límites el cuento de su final. Dicen que está paranoico pero es que no saben que realmente es seguido de cerca: la dama oscura de la guadaña, embozada, esperando su momento.

POSDATA... Si supiera dónde, esta reflexión chorra-metafísica iría a algún concurso, por ver si da réditos. Como no, queda aquí como otro post que no sirve pá ná y que nadie lee, de rafarrojas.
Por cierto, que buscando la foto de Woody, mi hipocondríaco favorito, dí con este artículo: http://www.elmundo.es/salud/2015/02/06/54c237aa268e3ed52a8b457e.html