2 de abril de 2010

Sobre las dos, tres y cuatro dimensiones de un gordo, o sea, rafarrojas

La razón por la que los gordos rara vez nos vemos como somos realmente es porque sólo nos vemos en dos dimensiones, las del espejo. Y rara vez nos miramos de otra forma, o nos llega de otro modo el reflejo, que de frente.
De frente uno equivoca las dimensiones, porque la x y la y no muestran esa coordenada inmensa, esa z que se extiende desde nuestra columna vertebral hasta el polo norte de nuestro ombligo. Sólo el cinturón, Trópico del Ecuador que cada vez está más bajo, nos indica que en breve ni Magallanes en sus mejores días se atrevería a circunnavegarnos.

De cualquier modo, mi cuerpo es un prodigio matemático. Tres dimensiones no eran suficientes para dar cabida a mi gordura, así que en la inexorable y cruel evolución de mi peso inventé la cuarta dimensión (o me la comí o eso parece).

Todos los días me despierto soñando que consigo pesar "x" kilos menos. Pero la "x" no deja de subir y subir, y yo muero (mueren mis sueños) sepultados bajo mil lorzas, blandas y fofas.

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