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13 de febrero de 2015

Bolonia y los trabajos en grupo - El mejor de esos casos - Uno para filofilólogos (y su propio rincón del vago): "Tras La Celestina - de cómo un solo personaje (Sempronio) nos sirve para hacer mil y una reflexiones"

DEDICATORIA Y NOTA PREVIA: Esta entrada está dedicada a Alberto Sin Apellidos. Un tío listo, con aspiraciones y cabeza para realizarlas. Conocerle ha sido una de esas cosas buenas que tiene la carrera (algunas tiene) y espero que se cumpla lo que le decía Humprey-Rick a Claude Rains.

Universidad... En el prospecto de Bolonia debían avisar de sus efectos secundarios: "Cuando interactúa con otros elementos como la perezina y escaqueotropina (ver trabajos en grupo), Bolonia puede resultar sumamente injusto y perjudicial para su nota".
Lo que ocurre habitualmente en esos trabajos en grupo made in Bolonia es que uno curra, dos lo intentan, varios hacen como si trabajaran, todos firman como si el resultado les perteneciera.
En el mejor de los casos (el que nos ocupa: un trabajo sobre La Celestina, más concretamente sobre el personaje de Sempronio, con otras dos personas), donde el número es lo suficientemente reducido, por un lado, y, por el otro, todos los integrantes desean lo mismo, tienen cerebro suficiente y están dispuestos a hacer esfuerzos parejos, un trabajo en grupo presupone opiniones y estilos coincidentes... cuando eso rara vez ocurre. Hay casos, sí: Erckmann-Chatrian, Lapierre-Collins, Larry Niven-Jerry Pournelle... Pero no es en absoluto común y supongo que lleva su tiempo.
Por ejemplo, la chica del grupo quería hacer un trabajo correcto y académico, y escribíó lo siguiente:

"La Celestina es una obra dialogada, escrita en prosa, considerada la obra capital del siglo XV y una de las más importantes de nuestra literatura. Nos ha llegado a través de dos vertientes:
- Tres ediciones de hacia 1500, y un manuscrito fragmentario (de fechas cercanas) de las que nos ha llegado una versión en 16 actos, “Comedia de Calisto y Melibea”.
- En 1502, hubo una refundición de la obra, en 21 actos “Tragicomedia de Calisto y Melibea”.
La diferencia entre estas dos versiones está, principalmente, en el desarrollo de la trama de la obra.
En el siglo XVI, se hacen en España, más de 60 ediciones de la obra, y algunas en el extranjero. La Celestina fue la obra, de autor contemporáneo, más divulgada. La importancia de esta obra es a causa de su gran realismo. Los personajes tienen una cruda veracidad y una caracterización a través del lenguaje que emplean: los personajes nobles (Calisto, Melibea, Pleberio, etc.), se expresan con delicadeza y elocuencia, mientras que los personajes populares (Celestina, los criados, etc.), emplean un lenguaje más espontáneo y popular, lleno de refranes y frases hechas.
Atribuida, en su mayoría, al bachiller Fernando de Rojas, en la carta del autor a un “su amigo”, se plantea el problema de la autoría, la justificación de no firmar su obra. Alonso de Proaza remite al lector, en los versos finales (“ni quiere mi pluma ni manda razón […] su nombre, su tierra, su clara nación” [Fernando de Rojas, La Celestina, 346]), al hallazgo en los versos acrósticos: el Bachiller Fernando de Rojas, nascido en la Puebla de Montalbán, acabó la Comedia de Calisto y Melibea.
La Celestina narra el trágico amor de Calisto y Melibea. Calisto, mozo de clase alta, inteligente, se enamora de la bellísima Melibea, y esta lo rechaza. Calisto vuelve a su casa y le pide consejo a su criado, Sempronio, el cual le aconseja que vaya a ver a la vieja alcahueta y astuta, Celestina, para que le ayude a enamorar a Melibea. Sempronio se alía con Celestina para aprovecharse de Calisto. El único personaje que le es leal a Calisto es Pármeno, que le aconseja con lógica y le previene de Celestina, pero Calisto, ciego de amor por Melibea, ignora los consejos de Pármeno, ya que ve en Celestina una esperanza de conseguirla. Ante el constante maltrato de Calisto, Pármeno decide unirse a Celestina y Sempronio. Celestina habla con Melibea e intercede a favor de Calisto, consiguiendo que Melibea le corresponda. El protagonista, al saber esta buena dicha, le da como recompensa una cadena de oro. Los criados reclaman su parte a la vieja alcahueta, que se niega, y ello da lugar a su muerte a mano de ambos. Los criados, en la huida de la justicia, caen muertos. Calisto en una de sus visitas a Melibea, cae de su escalera al escuchar los gritos de sus criados, Tristán y Sosia, que parecen estar en un altercado con Traso y su pandilla, al otro lado de la tapia, y muere. Melibea, al saberlo, sube a una torre y se arroja desde lo alto. La obra termina con el cuerpo de Melibea en manos de Pleberio, su padre, y el llanto de este."

Y me parece muy bien.... pero yo no me identifico con ese tipo de texto.

Escribió más Ana Raquel C., recogió citas, como nuestro otro compañero, el citado Alberto. Y pusimos en común lo que habíamos deducido en una agradable tarde de charla y cotilleo.... Pero...
(de nuevo:) no soy yo, no es mío, yo no escribo así.

Yo escribo y pienso como lo que viene a continuación, que igualmente dejo por si fuera de utilidad a alguien, a modo de rincón del vago ("Filofilólogos" es como quiero llamar a ese grupo futuro de donación comunitaria del que hablaré en algún momento futuro indeterminado).

Hacer un comentario, una crítica, una glosa tiene un poco de talentofagia.  Como aquellos indios que se comían el corazón de lo que cazaban para hacerse con su poder y su fuerza....
E incluso en un banquete de boda, donde todos los invitados comen lo mismo, cada uno excreta luego su propia caquita, jajaja.
Así que este es mi propio muñequito, el pino que planté, y aquí lo dejo para quien quiera admirar su textura y consistencia, sabiendo que es la propia de rafarrojas:
FIN DE LA (LARGUÍSIMA) NOTA PREVIA:



EL QUID DE LA CUESTIÓN: sobre la moral en La Celestina. 

La Celestina es una obra moral. O tal vez deberíamos decir que es una obra sobre la falta de moral y el triunfo de los siete pecados capitales.
No le falta uno y tenemos ejemplos sobrados de ellos. Vemos
-Soberbia y vanagloria en la propia Celestina que se ve ama de demonios (“Y así confiando en mi mucho poder”, acto 4); la del amo Calisto, señor de la honra (ajena); la de Pármeno, el virtuoso incomprendido.
- Avaricia, de nuevo (“vicio de codicia Ahora que lo ve crecido, no quiere dar nada” SEMPRONIO acto 12).
- Lujuria, de Calisto y de Melibea, que lo llaman amor cuando quieren decir sexo, locura según lo llaman todos, de los criados con sus mancebas, de las putas y de las aparentemente honradas pero igualmente putas.
- Ira, y si no bastara la que se gastan los amos con los criados por un quítame allá esas pajas (“Nunca oyen su nombre propio de la boca de ellas (las señoras); sino puta acá, puta acullá. tiñosa bellaca puerca mil chapinazos y pellizcos, palos y azotes” AREÚSA, acto 9)
, la que descarga sobre la vieja puta el extremado Sempronio.
- Gula, presentada entre los siervos como virtud: signo de éxito (“poco que bebo: una sola docena de veces”, CELESTINA acto 9)
- Envidia, la de Areúsa hacia Melibea: “Las riquezas las hacen a estas hermosas [...] unas tetas como si tres veces hubiese parido” acto 9)
- Pereza (“si yo supiese aquella tierra donde se gana el sueldo durmiendo mucho haría por ir allá”, SEMPRONIO acto 8)
Dicen que siendo ésta, última obra del Medievo, tiene como las de aquel tiempo un afán moralizador (Concluye el autor: “No dudes ni hayas vergüenza, lector, narrar lo lascivo que aquí se te muestra: que siendo discreto verás que es la muestra por donde se vende la honesta labor”).
No lo acabo de creer. Me resulta más bien semejante a un número de “El Caso”, aquel “diario de porteras” especializado en crónica de sucesos. Esto es, La Celestina como un ejercicio para atraer a los morbosos (que en todo tiempo ha habido) con un relato de sexo y violencia, y le supondré la inteligencia comercial que demuestra, que le aseguró tan buenas ventas que lo que empezó como anónimo terminó siendo de paternidad reconocida en epigramas.
De lo que no hay duda es que es una narración que habla de una progresiva y acelerada descomposición moral, de corrupción y falsedad y apariencias, de crisis de valores, donde a nuestro juicio sólo dos personajes se destacan en un fondo de inmoralidad-amoralidad-moralidad de conveniencias:
- el PADRE, Pleberio, arquetípico padre-noble-anciano venerable, que despide el cuento con sermón ciceroniano “o tempora, o mores” en plan catilinaria: “Cébasnos, mundo falso, con el manjar de tus deleites; al mejor sabor nos descubres el anzuelo, [...] me dejaste triste y solo in hac lachrymarum vae” auto 21 y lo dice en latín y citando a los clásicos y a muchos personajes renombrados de la Antigüedad que así sabemos dos veces que es noble.
- y asombrosamente, la propia CELESTINA, que siendo como es puta vieja, vieja puta, tiene su propia forma de ética del trabajo, prurito profesional. (“jamás al esfuerzo desayudó la fortuna”, Celestina, acto 4).

Y se distingue así de los amateurs del mal, los siervos que son simplemente malos malvados, cuando ella es la mejor mala posible: “Esto tengo yo por oficio y trabajo; vosotros por recreación y deleite”, les echa en cara a Sempronio y Pármeno, y en el auto 15 así lo reconoce Elicia a la ya difunta en un curioso panegírico del oficio “Tú trabajabas, yo holgaba; tú salías fuera, yo estaba encerrada; tú rota, yo vestida; tú entrabas continuo como abeja por casa, yo destruía, que otra cosa no sabía hacer”.
Celestina aspira a sobrevivir, sí, pero también a medrar con su esfuerzo y su talento (“Vivo de mi oficio, como cada cual oficial del suyo”, acto 12), y asume su papel con todas las consecuencias, como diciendo que puestos a ser malos se tiene que ser el mejor malo, el más diabólico y astuto. Esta vieja, más que vieja, envejecida, una momia (sesenta años dice tener el acto 12, y en aquella época y con esas condiciones de salubridad e higiene era lo mismo que decir mil de ahora), que nadie podría adivinar que en otro tiempo fue tan hermosa como ahora horrible (“eras hermosa”, le reconoce con asombro en el acto 4, Melibea a Celestina), y puta fue de éxito, esta trotaconventos barroca en plena E.M., es como los futbolistas que cuando se les acaba la vida útil dando patadas al balón acaban colocándose como entrenadores de otros futbolistas, y así ella es maestra de putas y semiputas (las presuntas honradas que la hacen a escondidas), híbrido de comercial, vende-motos, vendedor de coches-sexos usados (pero que aparecen como nuevos con unos arreglitos que les hace), camello (de esa droga prohibida que era el amor carnal). Una vieja que engaña, pero al menos en parte vive engañada. Charlatana, sí, y embaucadora, pero también superticiosa y crédula.
Junto a esa particular “ética del trabajo” le salva a Celestina ese recordatorio de la que fue su amiga con lo que parece afecto y respeto profesional, la roba-cadáveres que fue la madre de Pármeno (“la primera de nuestro oficio”, acto 7), ese corazoncito que demuestra (a su manera) con sus protegidos Areúsa y Pármeno (su ahijado, el hijo de su estimada comadre-colega).
Y qué se puede decir del resto de los personajes? Esos, que aparecen en pares de dos, en combinaciones de cuatro, todos girando como en aquellas Danzas de la Muerte de la mismísima Edad Media.
Nada bueno.
La Celestina es una novela que nos habla en un tono fatalista, casi de inevitabilidad. (“Por ser leal padezco mal. Otros se ganan por malos; yo me pierdo por bueno. El mundo es tal”. - PÁRMENO acto 2 y CALISTO acto 12 “¿En quién hallaré yo fe? ¿Adónde hay verdad? ¿Quién carece de engaño? ¿Adónde no moran falsarios? ¿Quién es claro enemigo? ¿Quién es verdadero amigo? ¿Dónde no se fabrican traiciones?”) de la falta de control del deseo que lleva a la debacle, de cómo los buenos se malogran o asisten impotentes a la ruina y a la corrupción de todo lo bueno y lo sagrado. (“¡Ya, ya, perdida es mi ama! ¿Secretamente quiere que venga Celestina? ¡Fraude hay!”, LUCRECIA acto 4). Historia de pórtico gótico, con amantes concupiscentes -y cobardes asesinos- que arden en el infierno.
Pero no siempre se presenta así, sino que se va desenvolviendo el dramón a la par que la caída de los personajes.

En cierta forma, esa misma evolución negativa de los personajes se puede resumir en una progresiva “CELESTINIZACIÓN”, su acomodo a esa laxa-inexistente moral de la alcahueta, a la perdición asumida, la conversión a su visión del mundo, hasta que se da por bueno lo que es malo y torcido. Y eso se ve en la forma en que se dirigen a ella, pasando del rechazo en los términos más contundentes (“vieja puta” es un apelativo constante) hasta tratarla con el extremo respeto y consideración hacia una maestra (“madre”). A este respecto hay un trabajo que nos ha gustado, realizado por la profesora Pilar García Mouton, del Instituto de la Lengua Española del CSIC, intitulado “El lenguaje femenino en La Celestina” en el que se menciona este detalle (si bien para mencionar los distintos registros que adoptan los personajes).
De hecho, se celestinizan tanto los personajes que los dispares acaban acordándose, como en un curioso y triste hermanamiento en el mal (Calisto y Melibea, Calisto y sus criados, Melibea y Celestina, Sempronio y Pármeno, Pármeno y Celestina, Areúsa y Pármeno...). CELESTINA, acto 7: “Vosotros sois iguales. La paridad de las costumbres y la semejanza de los corazones “
Calisto, chaval de buena familia y buena facha (23 añitos), tira por la borda su nombre y su honor por un enchochamiento (y luego, en el acto 14, bien habla CALISTO de “el dolor de mi deshonra”, “corrompiendo la buena fama de los pasados”).
Melibea, pijita rotunda (de ensalzados globos), orgullo y futuro sostén de sus padres, acaba permitiendole entrada (y permitiéndole entrada) a su pretendiente.
Pármeno, hideputa siervo con sólidos planteamientos morales al inicio, acaba conchabado con la vieja puta y el criado resiabado en esa conspiración para sacarle los cuartos al jefe, con fulana en prácticas debajo del brazo
(la citada Areúsa, haciendo sus pinitos en el puterío).
Y en el extremo de esa degradación galopante, como paradigma y epítome de ese paso al Lado Oscuro, Sempronio!
Sempronio, que a la primera pareciera hombre honesto tipo “buen criado si tuviera buen señor”, y progresivamente asistimos a lo que esconde el personaje como quien ve la evolución del cuadro de Dorian Gray, pincelada a pincelada, Sempronio tres veces M, cubriéndose de (o descubriéndose en) sucesivas capas de Malicia, Mezquindad y Miseria. Y primero nos enteramos que es mentiroso, luego que es cobarde y finalmente que es El Cobarde Definitivo, Asesino (y ya para colmo, de ancianas). Sempronio que es el modelo sobre el que se superpone el perfil del joven Pármeno en un morfing perverso (incluyendo final ignominioso). Todos esos pecados capitales de los que hablábamos los tiene el maduro criado:
- es lujurioso (y envidioso, a la vez) porque desea a Melibea pero se conforma con la puta Elicia (y es que quiere ser señor en lugar del señor, como aquel personaje de Goscinny que quería ser Califa en lugar del Califa). Hablando con Celestina, dice: “Pues dime lo qué passó con aquella gentil donzella; dime alguna palabra de su boca, que por Dios, assi peno por sabella como mi amo penaría” auto 5 pagina 179 y a Pármeno: “Dilo, dilo. ¿Es algo de Melibea? ¿Asla visto?” auto 8 p 217. Y a continuación muestra otra prueba de envidia al decirle a Pármeno: “No digo mal en esto, sino que se eche otra sardina para el moço de cavallos, pues tú tienes amiga”.pagina 218.
- es avaricioso y ruin: “Desseo provecho; querría que este negocio oviesse buen fin, no por que saliesse mi amor de pena, mas por salir yo de lazería (miseria)”. Tercer auto. Pagina 150. Y se vuelve a reflejar su codicia cuando interpela a Pármelo de la siguiente forma: “Ve tú donde quisieres, que antes que venga el día quiero yo yr a Celestina a cobrar mi parte de la cadena. Que es una puta vieja; no la quiero dar tiempo en que fabrique alguna ruyndad con que nos escluya”. Pag. 271
- es soberbio y falso en su soberbia, como cuando dice no sentir miedo el muy cobarde: “¿Temor, señor, o qué? Por cierto, todo el mundo no nos hiziera tener; ¡hallado avías los temerosos! Allí estovimos esperándote muy aparejados y nuestras armas muy a mano”. pag. 267
- de su gula, su pereza y su ira ya hemos hablado antes.... El resumen es un retrato del peor ser humano posible, cínico, pretendiente a arribista (esto es, que tiene la falta de escrúpulos pero no la eficacia de un auténtico arribista), merecedor de una parcelita propia en el infierno de Dante. Y arrastra consigo a Pármeno.

LA CELESTINA, BISAGRA DE TIEMPOS: o la crisis del estado medieval.

Si alguna vez fue cierto aquella frase comodín que utilizaban los malos estudiantes en los exámenes, a saber, “el autor está a caballo entre dos épocas” (gloriosa frase que no dice realmente nada porque todos estamos a caballo entre dos épocas y nuestra caída de la montura a medio camino marca la segunda). La Celestina es medieval y “probarroca” en su utilización de tópicos medievales como el de la rueda de la fortuna (acto 20, Melibea: “la fortuna mudable”; acto 21, Pleberio: “¡Oh fortuna variable, ministra y mayordoma de los temporales bienes!”; acto 9, Celestina: “La ley es de fortuna que ninguna cosa en un ser mucho tiempo permanece: su orden es mudanzas”; acto 15, Areúsa: “la fortuna su rueda”), así como otros tales como la prisión de amor, el vergel del amor, la fugacidad de la vida y el carpe diem. En el lenguaje, igualmente, se da esa profusión extremosa de refranes, sentencias, apotegmas, dichos y semejantes que podemos ver en dictos y leciones, en el erudito y sesudo exemplum medieval, y en los cuentos de Chaucer o Bocaccio (ellos mismos a un tris de ser renacentistas). Y la misma Celestina es heredera directa de Urraca, la Trotaconventos de Juan Ruiz.
Sin embargo, las apariencias engañan.
Hay un sabor a descomposición de los valores que no es propio de los honrados hijos de la Edad Media, deslealtad en los criados a la par que exacerbamiento del clasismo de los señores. El dinero, vil metal, y la ambición de tenerlo (sea como sea) cobra un protagonismo que es más propio de tiempos posteriores (y es más propio de individualismo que de ese tejido coherente de los años intermedios). “Todo lo puede el dinero”, dice Celestina en el acto tercero.
Se podría decir que hay amor cortés, como antes, pero es más una burla del personaje que más se cree esa pretensión antigua, el retórico Calisto (ejemplos en el acto 6 de esos apreciados términos militares para referirse a las lides del amor y a la prisión figurada del amante: “escalas en su muro”, “cadenas”, etc), una cínica revisión de esos tópicos de los que hablábamos antes. Porque, como nos contaba un compañero de fuera del grupo: ¿qué tipo de muerte es la de Calisto? ¿Puede haber algo más esencialmente ignominioso en el que escala muros que el caerse estúpidamente de ellos? Es descalabro, más que moral, ridículo.
La misma visión del carpe diem de la Celestina oscila entre su formulación positiva, renacentista, y la medieval-barroca, más oscura y manchada de vanitas,vanitatis... CELESTINA, acto 4: “la vejez no es sino [... ] aquel mudar de cabellos su primera y fresca color”; acto 7: “la mocedad en sólo lo presente se impide y ocupa a mirar [... ] nunca pensáis que os puede faltar esta florecilla de juventud” y más tarde “Goza tu mocedad, el buen día, la buena noche, el buen comer o beber. Cuando pudieres haberlo, no lo dejes. Piérdase lo que se perdiere. No llores tú la hacienda que tu amo heredó” y “Gocemos y holguemos, que la vejez pocos la ven.No quiero en este mundo, sino día y victo y parte en paraíso”.

... Y AQUÍ LO DEJO, :    )

11 de enero de 2015

Un cuento (apócrifo) del conde Lucanor (no os voy a mentir: by rafarrojas) - De cómo la malcasada cambió su lugar con la criada

NOTA PREVIA: éste es un ejercicio realizado para la asignatura de Literatura Medieval Española. Se trata de escribir un cuento a la manera lo que hiciera don Juan Manuel en el conde Lucanor, misma estructura y demás. Lo entregaré mañana pero había pensado dejároslo aquí para que me lo critiquéis a destajo.

Cuento LII (apócrifo) 

De cómo la malcasada cambió su lugar con la criada y de lo que sucedió después 

n día se retiró el Conde Lucanor con Patronio, su consejero, y le dijo así:
-Patronio, yo confío mucho en vuestro buen juicio y sé que, en lo que vos no sepáis o no podáis aconsejarme, no habrá nadie en el mundo que pueda hacerlo; por eso os ruego que me aconsejéis como mejor sepáis en los que ahora os diré.
 Ocurre que dos señores vecinos me han pedido ayuda. A uno le conocéis ya de antiguo, D. Rodrigo, que en más de una ocasión sumó sus armas a las mías en las guerras contra los moros. Hoy es viejo y no tan fuerte como otrora, y como pasa en estos casos sus enemigos se crecen en tanto que él mengua. En los últimos tiempos está viendo asediadas sus tierras por más sitios de los que se ve capaz de defender, así que me ha pedido que vaya a apoyar con mis hombres los suyos. Pero lo que no le ha restado ni un ápice la edad es el orgullo, que pareciera oyéndole que no es él quien pide sino yo mismo, y por decirlo como lo dice, con ese tono arisco y seco! El otro caballero que lo solicita, por contra, es de modales tan galantes y conversación tan entretenida que no había quien no deseara su compañía. Trátase del segundo hijo del señor de T. que conocí en mi última visita al castillo de su padre, y ahora que apenas ha recibido de su padre tierras para sí mismo ya las ve amenazadas por repetidas incursiones del moro. No puedo atender las peticiones de ambos porque eso debilitaría en demasía mi propia defensa, y tengo que pensar también en quien de los dos podrá corresponder en el futuro con su favor la sangre que los míos viertan por protegerle.

-Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, me recuerda lo que me contáis a lo que le ocurrió a aquel viejo castellano. No vierais hombre más cabal y honrado, valiente y de buen talante. Durante largo tiempo guerreó junto a su rey contra los moros, pero en una última campaña, su vista, que nunca fue de azor ni de milano, acabó de menguar hasta tal punto que apenas sí acertaba a ver su propia mano puesta junto a su cara. El rey le dispensó de su servicio y le aconsejó que volviera a sus tierras, casara con buena moza que pudiera cuidarle como tan bien merecía y formara familia que perpetuara su noble sangre. Y así lo hizo, el buen castellano como buen vasallo, y buscóse mujer y encontróla. Era aquella en extremo hermosa y de apariencia gentil y donosa, rubia como la luz, la su tez fina como de alabastro, el su cuello largo y blanco y la su frente amplia y limpia como día de primavera. La segunda hija de un fijodalgo de magra hacienda pero de sangre antigua y cristiana. El matrimonio se acordó rápidamente y pronto la garrida moza viajó al castillo de su esposo, sin más compaña que un joven rapaz más largo que delgado que hacía las veces de palafrenero, paje y escolta todo en uno, y una su prima segunda, muchacha apenas menos dotada que la nueva dueña de gracias y donaire, pero de aún menos medios si cabe por haber muerto su padre en la guerra sin dejarla dote alguna, ni mediada.

Con grande alegría recibióla el castellano y la cubrió de regalos y de atenciones. Y durante un tiempo, breve aun más que breve es la vida mortal, se acordó la hermosa a su condición de casada y atendió a su señor como correspondía. Mas, por más que generoso fuera el pecho de la hermosa, no así lo que ocultaba su interior, ni el oro de sus cabellos se correspondía con el de su corazón, ni la blandura y suavidad de su carne se extendía a su espíritu que era duro y fosco y en verdad desabrido, y su verdadera naturaleza era como el cofre gualdrapeado de doña Pandora y aun la esperanza que cobijaba no era otra que la de ser abierta para dejar escapar todos sus muchos vicios e pecados. Porque todos los tenía la señora, empezando por la lujuria, que no por casualidad estaba aquel su paje escuálido como costilla demasiado roida; y la açidia, que sólo mostraba diligencia e interés en encontrarse en horizontal posición, y la ira y la soberbia, que muy malamente trataba a la que fuera su prima y ahora tan sólo reconocía como sierva, y no pasaba un segundo sin que quien hablara con ella supiera que por ella corría sangre de los reyes antiguos y visigodos y la envidia de amarillos ojos y la glotonería y la avaricia, y otros muchos que nacen de la misma fuente, grandes e chicos, y a todos les dió salida. Pero si tuviera que poner uno delante en esa lista de pecados tan mortales cada uno por separado que un gato que los tuviera todos no tendría vidas suficientes para mandar una al Paraíso de las bestias, diría sin duda que la lujuria, que cada vez que pisaban sus pies la Iglesia volvían trayendo nuevos modos de pisotear el honor del castellano.

Todo lo ignoraba el señor de la casa, dos veces cegado, y Amor y su esposa rivalizaban en engañarle, sacando de aquí y allá tiempo para darse goce y placer con amigos, que tanto viajaba al río a lavar que las ranas ya ni cantaban para saludar su llegada. Sin embargo, nada parecía bastar a la joven señora ni satisfacerla, que hay fuegos que no calma un solo tronco, que presto lo consume y pide luego otro y un otro más, y así la entrepierna de la señora ardía con más viveza que las calderas de Pedro Botero, azuzadas sus brasas con tantos palos y palillos. Y finalmente vino a idear una treta para poder gozar y solazarse con un su amigo último más de un día entero y más de dos. Y es que siendo su doncella de la que ya os hablé familiar cercana y compartiendo con ella rasgos semejantes y teniendo además similar voz se le ocurrió que bien podía hacerse pasar por la señora un tiempo, mientras atendía ella más gozosos negocios.

Y aunque resistióse la su prima, que era honrada donde la otra mendaz y falsa y llena de doblez, accedió finalmente, y lo hizo porque desde que conociera al castellano se había quedado prendada de su alma buena y sus buenas obras y maneras, y do la dueña veía a un viejo ella veía a un hombre con experiencia y sabiduría acorde, y sus
ojos podían estar eternamente en niebla pero a su sonrisa ninguna sombra podía cubrirla que brillaba como el primer rayo de sol que se filtra en bosque cerrado.

Y así quedó como dueña y derramó sobre el buen castellano mil cuidados y atenciones, como si quisiera compensarle por todo el mal recibido anteriormente por la su prima de doble cara. Y el castellano que no veía mucho, veía sin embargo ahora lo que era tener a su lado mujer dulce y buena, y maravillóse del cambio experimentado en el humor de su dueña y en la mudanza de la que él pensaba su esposa. Y aun más, que en llegando la noche, fueron ambos a refugiarse al cobertor y siguiendo las indicaciones de la señora, la su prima cumplió incluso en esto. Y cumplió tan sobradamente y tan a placer del viejo caballero, que diríase que había éste recobrado de pronto el vigor que le diera fama y nombre como gran espada y guerrero infatigable.

Y en esto que pasaron los días dos que había previsto ocupar en su deleite la pérfida burladora, y volvióse en la mañana del tercero al castillo. Pero en vez de encontrar el paso expedito, halló las puertas cerradas, tanto las de entrada como otras que conocía ella. Y era la alborada tan fría que decidió que no valía el secreto retrasar su llegada, que ya se buscaría una excusa una vez entrara en el castillo. Y a sus golpes abrió una mirilla en el portón un soldado del viejo señor y le preguntó que qué buscaba a tan temprana hora. Y a aquello ésta repuso con altanería que abriera presto, que era la señora. Y el soldado contestó, con una sonrisa, que no podía ser aquello cierto pues que la señora estaba aún en el lecho con el señor. A lo que la mujer le llenó de insultos y amenazas conminándole a que abriera el portón de inmediato. Y abrió entonces el soldado, pero no para darle entrada, sino para batirle el cuero a golpes por su falsa vanagloria.

Tanto gritó y se desgañitó la hermosa con los palos que acudió al griterío el señor de la casa, acompañado de la que ya era en todos los sentidos su mujer, a la que rodeaba el talle con un brazo amoroso. Y de nuevo repitió la burladora, si bien ahora con tono lacrimoso y más medido, quién era, y cómo se encontraba injustamente detenida y apaleada a la entrada de su hogar. Y el castellano le replicó con ese su tono amable de siempre que aunque no le cabía duda que ella creía ser cierto lo que decía, sin duda se había golpeado en la cabeza o había sufrido desgracia semejante, pues su mujer le acompañaba ya y no había dejado su lado en ningún momento en los últimos días. Y que prueba de que tenía confundido el pensamiento era que qué iba a hacer la señora de la casa fuera de su hogar tan temprano a horas en que sólo las siervas y otras mujeres de antigua profesión andaban por los caminos. Entonces la prima convertida ahora en dueña le interrumpió para decirle que la que esperaba fuera con el rostro distorsionado por el dolor y el frío, corrida y furiosa, era la su prima lejana que le hacía de criada y que aunque no se lograba explicar por qué extraño conjuro creía ser quien no era, igualmente debían darle entrada, porque tenía mucho trabajo atrasado para hacer. Y la burladora burlada terminó siendo criada en su propia casa...

- Así, señor Conde – terminó Patronio - vuestra elección está clara. Por un lado tenéis un amigo cierto que os ha demostrado en el pasado que lo es y otro que tal vez tenga modos y verbo más agradable, pero no le conocéis como al primero, ni podéis responder de sus actos futuros. Que en el obrar se ve quién es realmente amigo y quién sólo busca servirse de uno.
Y añadió el buen Patronio que si todo lo anterior no fuera bastante. que se preguntara si no debería ser el de T., el padre del joven, quien acudiera a su rescate en primer lugar, y que si no lo había hecho ya tendría sus razones. Pero que si aun así seguía deseando prestar su ayuda al joven noble, que le mandara lo que pudiera sin poner en peligro ni su hacienda ni la de su amigo en necesidad.

Al conde le gustó mucho este consejo y pidió a Dios que le diera fuerzas para seguirlo y ponerlo en práctica.
Y como don Juan vio que esta historia era muy buena, la mandó escribir en este libro y compuso unos versos que dicen así:
El que lo que tiene despreciare,
primero no tendrá bastante
 y después no tendrá nada.

NOTA FINAL: lo que está en cursiva se corresponde con fórmulas literales utilizadas por don Juan Manuel en los cuentos de El Conde Lucanor.

Bueno, ya me contaréis que os parece. Os digo ya que mi hijo le ha sacado ya fallos, :   )  y uno con mucha perspicacia: demasiado verde para nuestro cristianísimo don Juanma (pero es que me he quedado pillado con Juan Ruiz y como excusa que aunque le reconozco el arte y el mérito al otro, me gustan más las historias verderonas tipo algunas de las de Chaucer o Bocaccio).